Cuando la calle sonríe

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Por: Tania del Pilar Sanabria Forero/ Foto: Alejandra Lenis Forero

El paso entre el hogar y la calle es un abismo de generosa caída libre que detona personalidades y sus consabidos demonios. Ambos tienen la característica de símbolos y realidades palpables. Ambos, por consiguiente, materializan dos ocasiones en la vida de un hombre o una mujer que permiten elaborar, por así decirlo, una coraza y una certeza de estrategia para la dinámica de la interacción social.

Del hogar sabemos lo que indefectiblemente nos es inherente, me explico; es una construcción social que nos significa y delimita; no hay dimensión más desconocida en una casa de familia -tradicional o no, da igual- que la frecuencia cómo se usan las toallas y quién de los integrantes se apodera cotidianamente de algunas; lo mismo pasa con la afinidad por ciertas posiciones para dormir y ese desenfado por la ausencia de ducha. El hogar es, por donde se le vea, el más genérico exponente de intimidad. Ahí somos, con sus malestares y sus revelaciones; con la cara sin lavar y los espacios que nos habitan.

Diferente es la calle a la que me refiero. La de restregar hombro con hombro en el transporte público, el sobrellevar la carga de lo inseguro y, en la misma mochila, empacar las sonrisas suficientes para hacer del espacio que se comparte con el otro más ameno; ese escenario es, también, de ausentes y castigados; aparentes abandonados por la gracia de un padre celestial que no los visita, iluminados venidos a menos, amigos y ejecutores del hampa.
¿Cuántas veces, en el cotidiano transcurrir del día, hemos mirado a los ojos de quienes habitan la calle, recreado sus cotidianidades, aceptado su hogar como nuestra habitat de encuentro y desencuentro?

Son las once menos cinco y todo el agitado comercio de Santana do livramento ha mengüado. Serán dos horas desde iniciada la sinfonía cotidiana de bajar las puertas de acero plegable con candado, los vendedores y vendedoras no están y, salvo por algunas farmacias y vitrinas alumbradas, sólo somos nosotros, la guitarra y todos los que habitan los descansos de las escalinatas de locales y banquillos de los peatonales. Tenemos donde dormir pero la comida ha sido escasa, como la moneda. Santana do livramento es la ciudad fronteriza con Rivera, Uruguay.

Es llamada la frontera de la paz porque a las ciudades sólo las separa una calle: a un lado portugués brasilero y al otro castellano uruguayo. Ellos no se percatan que, finalmente, y pese a que suponen hablar cada uno el idioma del otro, en realidad se comunican en una lengua única que trasciende al llamado portuñol. Transitan rabinos, mormones, cristianos y anarquistas; todos buscan telas, todos quieren lucrarse con las gavelas de un mercado libre de impuestos. Todos brindan pan y comprenden; la frontera de la paz lleva en alto y bien puesto el nombre.

Pero volvamos a la noche, y a la guitarra giannini que algún mormón me regalaría por una suma irrisoria. Son las once en punto y el cuerpo quiere algún bocado antes de dormir; es un derecho más que pretensión. A estas alturas del partido, algunas cuestiones básicas parecen inalcanzables. Queremos conseguir algunas monedas más para un pan del día anterior porque sale más barato.

Queremos postergar acostarnos en las camas hediondas de un hotel digno en la calle cercana a los judios. Sigo aparcada con la mirada perdida, un poco por el hambre que va convirtiéndose en desolación y otro tanto por verme allí sin justificación alguna, viviendo un lugar al que nunca he pertenecido. Mi compañía debe estar divagando en las mismas diatribas: Nuestras ropas están limpias, el semblante del rostro rosagante no se compara con el “maluco” curtido de mirada afable que va acomodando su lecho con los cartones de zapatería(así llaman a los indigentes de fuerte aspecto en Río grande do sul, brasil). Su mirada desenfadada se consterna con nuestra presencia, advierte que no pertenecemos a los azares de la noche. Un poco lo supongo y otro lo confirmo, mientras el buen maluco va sentándose sobre los cartones cantando “gentileza”.

No se arropa con sus harapos por ropa de cama y mira de lado a lado como si algo esperara.
Siguen desfilando los personajes de la noche; algunos artesanos nos miran con sevicia y hasta hacen comentarios en su lengua natal. También ellos han advertido nuestra extranjería. Ellos, que no le pertenecen sino a la improvisación y la desidia, nos miran agraviados con nuestra presencia.

Ha pasado un poco más de media hora y no sé aún qué seguimos esperando. El estómago me hace tal ruído que reverbera en la calle. De alguna manera, mis ojos lagrimeros y el sonido estomacal me hermana con ellos. Luego de eso, no nos miran, no reparan nuestra ropa y siguen sin entender.
Ha sido suficiente, me digo. Convido a mi compañía a caminar hacia el cuchitril pero nos entretenemos conversando un poco, y algunas tensiones del hambre descansan. Por un lapso no medible de tiempo, me sustraje de la calle, estando en ella.

Todo se interrumpió para mi aparente desdicha cuando sentí una mano posarse sobre mi hombro. Temí:
-oí, galera. Vocês tenhen que comer. Feijoada, si voce ñaô posso dormir aquí, pode ir perto. É perigoso, meninos..
El divino maluco recibía sonriente su plato de otras manos que no musitaron palabra nos miró y sonrío con todo el rostro, mientras destapaba la frijolada, tarareaba una canción que todavía mi memoria no puede rescatar.

La mujer dejó de hablar cuando nos entregó el plato hondo de ícopor. Miré a los comensales de la peatonal celebrar en diferentes decibeles; algunos igual de desesperanzados como de hambrientos; otros gritaban agradecimientos a los benefactores y piropeaban a las mujeres. Volví en mí y mi plato. Mi compañía no tuvo reparos y comenzó a comer. Yo dilataba, mientras tanto, cada paso para destapar e introducir la cuchara, mientras miraba al carro que se llevaba al séquito de benefactores. Volví a darle un vistazo a los comensales: Todos comían, salvo el divino maluco que aguardaba con cuchara en mano para decirme ‘buen provecho’ con lo corporal de su comunicación. Con todo, no había sido capaz de destapar la cena. Mi compañía prefirió compartir el plato.

Probé, comí, y  comí, y dí gracias mientras me sonreía con todos aunque pareciera de a ratos que los habitantes de la calle no tuviesen rostro. Y mi corazón dio gracias por las personas que nos auxiliaron; y me sentí a gusto por dos minutos. Luego, nos levantamos rumbo al cuchitril. Mi plato de comida se lo dejamos a alguno de los personajes que deambulaban en el camino hacia el hotel. Nunca antes había estado tan en otro cuerpo como en el mío, nunca antes. Para todo, una primera vez que transforma. ¿alguna vez has enfocado los ojos de la calle?

 

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