Defendiendo a la Champeta con sabor Champeta: un tributo al Jhonky

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Por: Susana Marín Barrera / Fotografía: elespectador.com

La champeta como fenómeno musical y cultural ha alcanzado, a pesar de los obstáculos, dimensiones inimaginables. Pasó de ser un ritmo propio del Caribe colombiano que se bailaba en casetas gracias a la difusión de potentes equipos de sonido denominados pick-up, a posicionarse en un entramado de dinámicas mercantiles que han posibilitado de manera asombrosa y conveniente, que sus exponentes más ilustres hayan sido galardonados con distinciones.

Un ejemplo fue en 2013, cuando Edwin Antequera “Mr. Black” recibe la distinción el “Gran Caballero” por parte del Congreso de la República de Colombia. Por dos hechos muy importantes:  la lucha incansable por la consolidación del género musical y la labor de inclusión social que éste adelanta en la ciudad de Cartagena de Indias con su grupo juvenil “Los tigres bravos”.

Cartagena está más allá del bien y el mal, es más que murallas e instituciones con poco presupuesto, es un lugar necesitado de políticas inclusivas y transformaciones serias que sean capaces de beneficiar a sus gentes. La Champeta da cuenta de ello, también es más que una división temporal cuyo momento esperado es el ‘Despeluque’ acompañado de placas e intervenciones digitales, es liberación; pues con un lenguaje popular  sus intérpretes cuentan sus vivencias, cantan a la crisis, al dolor, al abandono estatal, a la miseria, al amor, a la esclavitud, pero manifiestan también sus sueños de cambio, su hambre y sed de progreso.

En este escenario  de relaciones se escucharon sonar y aparecieron en escena nombres como: Álvaro “El bárbaro”, Hernán Hernández, Rafael Chávez, Jhon Jairo Sayas “El sayayin”, Nando Hernández, Louis Tower, Elio Boom, “El afinaito”, “El encanto”, Kevin Flórez, Mr. Black, la Organización Musical Rey de Rocha, entre otros.

Recordando al Jhonky

No podemos olvidar al profeta de la champeta, Jhon Eister Gutiérrez Cassiani “El Jhonky”, quien fue asesinado un 31 de Julio de 2005 en el barrio Olaya Herrera de Cartagena y como si se tratase de una bendición echada con la mano izquierda, una bala le atravesó el cuello y murió en el acto. Es decir, “El Jhonky” que fue acusado, confidente, famoso, que trasnochó para afinar, que con un salto de tristeza y otro de alegría pasó por la fiscalía, comió arroz con lenteja, no le importó que le gritaran pobretón y hablo con Doña Clereta, se nos voló la cerca de la vida ese trágico día.

El Jhonky, como era conocido, puso a gozar a todos con sus canciones y despertó el sentido de pertenencia que una vez el estigma de “champetuo” hizo que durmiera arropado por la vergüenza en la mayoría de los cartageneros, pues este apelativo fue impuesto por la élite económica del momento, para menospreciar   una Cartagena pobre y oprimida. Esta calidad de “champetuo” fue ampliamente difundida, pues se aceptó un tipo de asociación entre la machetilla, una especie de cuchillo utilizado para  adelantar labores agrícolas y la vulgaridad, la maldad, la pobreza, el peligro y la negritud, que caracterizaba, según el juicio de unos pocos, a un deprimido sector de la ciudad que participaba activamente de los encuentros en picós.

Champeta y política

En cuanto a la vulgaridad, hasta hace dos años, en el 2015, el Consejo de Cartagena estuvo en el ojo del huracán por la polémica propuesta del concejal Antonio Salim Guerra, que rogaba porque se prohibiera la Champeta a los menores de edad, por ser considerada una apología al sexo. El castigo para aquellos que incumplieran el potencial acuerdo, al mejor estilo de una sociedad disciplinaria de aquella que denunció Foucault,  debían ser sanciones, para evitar futuras violaciones.

Sí, Cartagena encarna la degradación e inversión de la vida, donde la esfera privada se hace pública y permanecemos en el limbo de los juicios. Y es bajo este tipo de situaciones en las que Champeta se ha resguardado, aún más, en las zonas periféricas de la ciudad, ahí donde nacen los “palos” que luchan por abrirse campo en una competencia desigual, y que incluso, muchos políticos los han utilizado para animar sus campañas.

Lo importante es que a lo anterior se le soltó la rienda y como si se tratara de una ruleta, se le dio un golpe canalla a los estimas que no lograron cortar las alas de la champeta y lo mejor, no le quedó un cachito de vergüenza a sus seguidores por saberse eso, fans de canciones como ‘La muñequita’, ‘La gitana’, ‘La cuarentona’, ‘Sangre de mi sangre’ o ‘La santica’; no hay alucinaciones en ninguna ventana, no vamos montados en una patineta, la revolución de la champeta es una realidad.

Así he querido reafirmar que la Champeta es  resistencia, brillo, nuevas formas y posibilidades de reencontrarse con el pueblo, de estremecer las fibras del bailador, es la clave que “El Jhonky” se sabía. Además, constituye un modelo representativo de la esencia e identidad afro que debemos conservar y defender.

Por ello los amantes a la Champeta  han declarado de manera no oficial, en el año 2016, Patrimonio Inmaterial de Cartagena y piden que el Consejo de la ciudad y el Instituto de Patrimonio y Cultura adelante el proceso necesario para que lo anterior se oficialice, sin duda dimensiones inimaginables.

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