Desarmar los espíritus

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 14054047_10208755184569321_6375682462089983512_nMás difícil que desarmar a las Farc, es desarmar los espíritus de muchos colombianos.


No cabe duda de que el debate en torno al Plebiscito por la Paz se ha basado, generalmente, en el lanzamiento de insultos de un bando a otro. Quienes aprueban el proceso de paz acusan a quienes votarán por el NO de guerreristas, de “uribestias”, de ignorantes, etc. Del otro lado, quienes rechazan el Acuerdo Final afirman que quienes votarán por el SÍ son títeres del castrochavismo, “farcsantes” o “mamertos”.

Esto no es casualidad. Ni siquiera quienes deben dar el ejemplo de discutir amablemente lo hacen. El director de la campaña oficial por el SÍ, el expresidente César Gaviria les recuerda constantemente a Uribe o Pastrana sus errores del pasado. Y estos dos señores abren la boca (o el Twitter) para acusar a Santos de querer convertir a Colombia en una futura Venezuela o entregarle el país a las Farc, lo cual no resiste un análisis serio. El debate ha caído muy bajo: se ha reemplazado la discusión racional basada en argumentos por el insulto emocional cimentado en ataques personales.

Sí,  más difícil que desarmar a las Farc, es desarmar los espíritus de muchos colombianos. Nuestra historia se ha escrito con la tinta de los fusiles y las páginas de este libro han sido manchadas por la sangre de tantos compatriotas que aún en nuestras almas se erigen disimuladamente las tragedias del pasado. Es por esto que, independientemente de su voto, la invitación lógica que cualquier demócrata debe realizar es estudiar rigurosamente todo lo relacionado con el Acuerdo Final, no basar sus afirmaciones en memes, ni en lo que dijo Fulano, ni en lo que se escucha en el bus, ni en lo que le aparezca en el horóscopo o en la empanada de la suerte.

Si uno desea estudiar esto a fondo debe ponerse en modo proceso de paz. No estamos al frente de algo que se ve todos los días. Es una negociación (no una rendición) en la que dos partes enemigas deben llegar a consensos para finiquitar su confrontación armada. Por ende, tal proceso no puede juzgarse bajo la luz de la justicia ordinaria, sino de la llamada justicia transicional que según la Corte Penal Internacional es una garantía para que no haya impunidad en este Acuerdo. Si uno no investiga la historia de estas negociaciones y no entiende que todo proceso de paz con una guerrilla no vencida militarmente consiste en su conversión a partido político, pues entonces debe lamentarse de que en tanto tiempo no se haya matado hasta el último guerrillero.

Personalmente, considero que ésta es una oportunidad histórica para pasar la página y ponerle punto final a una guerra que sólo le produjo incontables daños a la nación. El Acuerdo puede ser objeto de múltiples críticas, pero hagamos el siguiente ejercicio mental: pongamos en una balanza sus virtudes y sus defectos. Yo creo que de lejos ganan los aspectos positivos de desarmar a las Farc y finalizar el conflicto armado más antiguo del continente. De esta forma millones de compatriotas podrán dormir más tranquilos, jugar libremente en sus campos y sin duda se mejorarán las condiciones para transformar a Colombia. Porque desarmar nuestros espíritus no significa que todos vayamos a pensar igual, sino que podamos tramitar nuestras diferencias por medio del debate civilizado.

No está de más 1) recordar que apoyar el Acuerdo no es apoyar ni a Santos ni a las Farc e 2) imaginar lo chévere que sería debatir con el mismo entusiasmo temas como la educación, la salud o el modelo económico del país.

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