Me gusta la champeta, me gusta Champetú

Era viernes y mi cuerpo lo sabía. Amarré con fuerza los cordones de mis tenis porque tenía la certeza de lo que me esperaba esa noche y salí rumbo al Parque de Bolívar donde un grupo de amigos me esperaban, no sin antes cerciorarme que tenía guardado en mi billetera el cartoncito que fungía como boleto de entrada. Desde que lo había reclamado días antes sabía que ni de riesgo lo podía perder, desde entonces cada vez que revisaba la billetera, aunque estuviese limpia y sin un peso, me embargaba cierta emoción repleta de júbilo y optimismo. Era la invitación para asistir a Fiesta Champetú, ni más faltaba.

Llegué a inmediaciones del parque y de una me encontré con varios amigos con los que frecuento armar parches. Desde la esquina de la Catedral se podía ver cierta aglomeración a un costado del Palacio de la Inquisición, donde hoy por hoy funciona el Museo de Historia de Cartagena (MUHCA) y donde esa noche se iba a vivir por decimonovena ocasión la Fiesta Champetú. Caminé diez metros más y comencé a escuchar algo de música, era una canción que hacía años no escuchaba en la radio local pero que aún guardaba ese sincretismo caribeño que hace que uno nunca olvide ciertas melodías, no recordé su nombre ni di con su intérprete, pero de inmediato entró en el vaivén de mis recuerdos e hizo que se me erizara hasta el alma. Era viernes y mi cuerpo lo sabía, era quincena y había Champetú.

Hay que resaltar que Champetú no es una fiesta cualquiera, es un encuentro frenético de gozadera que ya hace parte de la movida cultural de la ciudad. En pocos meses ha logrado ser un referente alternativo de rumba y vacile, pero sobre todo de identidad y de apropiación. Es una fiesta itinerante y temática que buscar reivindicar el incalculable valor de la champeta como elemento vital de la cultura cartagenera y resaltar la influencia de la música antillana y afrocaribeña en la cheveridad del colombiano del Caribe.

En palabras de John Narváez, uno de los promotores de la actividad, “Champetú es un espacio y un tiempo que hacía falta en Cartagena. Es una fiesta autentica que sirve como llave ante la crisis de representación de la ciudad”.

No es exagerado afirmar que Champetú está haciendo historia, ya que ha logrado llevar la experiencia champetera y la fiesta popular de barrio al elitista y gentrificado centro histórico de la ciudad. Esto es una bofetada a la Cartagena excluyente y racista, es una patada en el culo a la creencia de que lo popular siempre es feo, peligroso y malo. Hace un año, algo como esto era completamente inimaginable, ahora hasta el Rey de Rocha tiene programado hacer un toque en el patio de banderas del Centro de Convenciones. Hay que decirlo, la champeta dejó de ser la música de los pobres y los negros para volverse el máximo referente de cultura local. La champeta está recuperando el espacio que le habían robado, o más bien, ocupando el espacio que injustamente nunca le dieron.

Entro al patio del MUHCA y por lo menos un centenar de personas ya se encontraban rendidas ante la gozosa inquisición de la música. El calor como un invitado más pululaba entre los árboles y los cañones de hierro, entre las piedras del suelo y una atmosfera festiva que cobijaba a todos los asistentes sin recelos ni prejuicios. La pequeña tarima que el museo utiliza para exhibir la horca es el lugar donde DJ Fetcho y Mondol DJ realizan su faena artística, ellos como verdugos de la rumba tenían el deber legítimo de condenar a muerte cualquier indicio de aburrimiento y pesadumbre.

La gente bailaba, disfrutaba y champeteaba canción tras canción con una voracidad unísona bajo un capuchón de sudor, mientras que John Narváez o Capitán Cartagena como también lo conocen, saludando a los “vales firmes” (así se le llama a toda persona que ha ido a varias ediciones de la fiesta) recorría el lugar con una bandera fondo blanco que decía Champetú con letras cursivas y de color azul.  “Nojoda, para qué, pero el ambiente está bien bacano”, le escuché decir a un sujeto de pelo rasta y pantalones desaliñados que hablaba con una morena de short cuando me acerqué a comprar una Club Colombia en la zona que tenían provista para la venta de cervezas.

Solo era necesario que sonara una canción del Jhonky o del Afinaito para que la gente levantara los brazos en señal de satisfacción. Otros cerraban los ojos y preferían sumergirse en el trance del baile, mientras que más de uno empuñando la mano imitaba la posesión de un micrófono y tarareaba aquellas letras que con el transcurrir de los años se han convertido en cánones de la música cartagenera. Fiesta Champetú es una evocación a la memoria, es la reminiscencia alegre de un pasado que para muchos fue mejor, y que indiscutiblemente hay que rescatar de las profundidades oceánicas y prietas del olvido.

El tiempo pasa y lo hace precipitadamente, como si los relojes de los asistentes se pusieran de acuerdo para acelerar el paso de sus manecillas y malvadamente finalizar algo que muchos no quisieran que acabara tan pronto. Todo el mundo baila, suda y goza. La gente champetea y parece ser feliz, más de uno encuentra en el ambiente de la fiesta una válvula de escape a la cotidianidad de la vida que en ocasiones suele ser pesada y tediosa. Champetú es un espacio de liberación para el “yo champetudo” que muchos llevan oprimido desde hace tiempo.

Han transcurrido por lo menos unas tres horas, Fetcho toma el micrófono e informa que le pasará los controles de la música a Mondol. La gente revienta de emoción, aplauden y silban en señal de agradecimiento tanto con el DJ que entra como con el que sale. “Es en reto ser Dj de Champetú. Tengo que prepararme y ensayar porque sencillamente hay que hacerlo bien. La idea es que la gente siempre quedé picá para la próxima”, me dice luego Dj Fetcho con un sonrisa espontánea y tranquila porque sabe que cumplió en su totalidad con el desafío.

La noche cabalga y la gente como si estuviese purgando una condena, no para de moverse. Llega la madrugada y varios de mis amigos se despiden con la excusa de que tienen que trabajar los sábados. Como buen pernicioso me rehúso a irme y sacó a relucir la típica frase de “hasta que no me echen, no me voy”. En efecto, al poco tiempo Jhon Narváez, abanderado esta vez con el micrófono comienza su retahíla de agradecimientos finales. Todo el mundo lo sabe, con la melancolía del despido comienzan a abandonar el patio del museo, pero con la satisfacción de haberlo dejado todo en el baile.  La gente se nota cansada de tanto regocijo y aunque la música se apague el alma de muchos continuará bailando por los próximos días. Aún no se ha terminado del todo la fiesta cuando más de uno comienza a preguntar cuándo y dónde será la próxima. Ese es el efecto Champetú.

La Fiesta Champetú se ha convertido en un espacio de aceptación y de reconciliación sociocultural que ha permitido que los “vales firmes”, y en general todos los cartageneros, tengan un encontronazo con su historia, sus raíces y su ser. Champetú ha creado el espacio idóneo para encontrarse consigo mismo en medio de una ciudad confusa y distorsionada. Vivir la fiesta es una catarsis alegre y rumbera para comprender a plenitud que significa ser cartagenero. Solo así, se entiende porqué le cantamos al chocho, porqué bailamos la camita y porqué algo puede ser ¡qué cule vaina bacana!

Facebook Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *